Hace una semana el psiquiatra me vio por primera vez. Rápida y fríamente me preguntó si dormía bien, si me costaba tomar decisiones, si tenía pensamientos sobre la muerte; finalmente me preguntó si pensaba que algún medicamento podía ayudarme, y le dije que no lo sabía, aunque sospechaba que sí. Hizo pasar a mi madre y me explicó cómo funcionan los antidepresivos. La verdad es que no entendí nada de la jerga médica; mi cerebro sólo captaba las partes que le interesaban, es decir, las que tenían que ver con la comida. Es muy importante que cumplas a rajatabla la dieta del endocrino, o las pastillas no te harán ningún efecto. Cuando salí de allí me puse a llorar al decirme mi madre que tendría que empezar a comer dos yogures en la merienda, y que si son 40 gramos de pan son 40 gramos, ni uno más ni uno menos. Por un momento pensé que el control de mi madre iba a volver con más fuerza todavía, y me asusté. Si ahora mismo conservo algunas ganas de vivir es porque sé que puedo saltarme la merienda, o que puedo ponerme la mitad de guisantes sin que nadie lo note. Por ¿suerte? ese control no ha vuelto y sigo con mis estrategias inútiles que sé que sólo me van a llevar a estar ingresada en un hospital, pero que no puedo parar.
Estos días de puente he ido bajando y bajando en picado anímicamente. Mi depresión ha llegado a su punto máximo, por lo que me he dedicado a estar tirada en el sillón tragándome toda la mierda de la tele. No tenía fuerzas físicas ni psicológicas para hacer nada. Intentaba abrirme con mi madre, pero hasta ella me cansaba. Cuando le contaba lo mal que me sentía sólo me repetía que es por la desnutrición, y que debo intentar comer un poquito más. Entonces yo lloraba más todavía, porque sé que tiene razón pero estoy metida en una espiral que no sé cómo cortar. Sé que hasta que mi cuerpo no exteriorice que no puede más no voy a parar, es una decisión que en algún momento tomé y asimilé y que ya es demasiado tarde para eliminar. Me cuesta desde levantarme de la cama por las mañanas (dolor de huesos, mareos, dolor de cabeza, angustia) hasta bajar las escaleras (debilidad, pesadez en los músculos, más dolor de huesos). Mi corazón a veces se vuelve loco, y siento que me va a fallar en ese mismo instante. Yo sé que sin ayuda no voy a poder superar esta enfermedad, y cuando digo ayuda me refiero a obligación, a imposición; hasta que no haya médicos a mi alrededor embutiéndome la comida durante las veinticuatro horas del día yo no podré empezar a recuperarme. Pero soy demasiado cobarde como para decirle esto a mis padres o a la psicóloga. Cuando pienso en hacerlo automáticamente salta mi otra parte, la que me dice que empiece lo que he acabado, que termine de destrozarme, que llegue a los 45, a los 43, a los 40, que toque fondo para que la subida sea todavía más extrema. Me dice que entregue todo a la anorexia, todo lo que me queda por darle, aunque casi no queda porque me lo está quitando todo de la manera más veloz que podía imaginarme.
Ya ni pensar puedo; noto cómo mi cabeza no se concentra en lo que hace, cuando me hablan se me va la mente y ni siquiera puedo disimular que no me estoy enterando de nada. No razono, todo pensamiento carece de lógica. Me hablan y me preguntan cosas y pasan segundos hasta que entiendo lo que me han dicho y construyo una respuesta más o menos coherente para dar. Y sin embargo no es todo esto lo que más me preocupa, sino engordar. Qué triste. Estos cuatro días en los que prácticamente no me he movido han ido haciendo mella en mí hasta que hoy al mirarme en el espejo me he visto cuatro veces más ancha. Hoy era el día de la solución; iba a ir al gimnasio y luego me saltaría cuatro comidas... pero un dolor de cabeza increíble me ha fastidiado los planes. ¿Consecuencia? Me empiezo a comer la cabeza con el "voy a engordar todo lo del puente", "tenía que haberme levantado de la cama a pesar del dolor"... e inevitablemente todo eso se refleja luego en el espejo. La sensación de ayer a hoy es como la de haber engordado unos cinco kilos. Y todo por unos pensamientos que no sé controlar.
Creo que hasta esta actualización ha quedado sin ninguna cohesión. Espero volver pronto con mejores pronósticos.
Irlanda
martes, 9 de diciembre de 2008
martes, 2 de diciembre de 2008
"Me veo gorda"
Una de las señales que me ayudaron a detectar que estaba enferma fue el seguir viéndome gorda cuando todos los demás notaban que había bajado de peso. Yo caí enferma con 70 kilos, y la percepción de mí misma que tengo con 47 es la misma. Como si no hubiera adelgazado ni cien míseros gramos. Es difícil comprender cómo la mente puede jugarnos esta mala pasada, pero más difícil es aceptar que TU mente está engañándote. Por eso muchas veces no puedo creer que esté enferma, que a mí me pase esto. Es angustioso, y es terrible. Desempolvar tus antiguos pantalones de la 42 para compararlos con los nuevos de la 34 para ser consciente de que has perdido más de 20 kilos. Tener que preguntarle a tu madre si de verdad estás tan delgada como te dicen, y que te responda que estás en los huesos, extremadamente delgada, y no poder verlo, ni sentirlo; hacer un esfuerzo, mirarte la pierna, tocártela, intentar sentirla y no notar más que grasa inservible e inútil. Es una tortura plantarte desnuda delante del espejo y ver un esqueleto a punto de sobresalir por encima de la piel, y sin embargo ver ese esqueleto dentro de un cuerpo gigantesco, más ancho que ningún otro que pueda pasear por la calle. Verte más gorda que nadie en espejos, en reflejos, en fotos, hasta en la sombra que proyectas en la acera. Te preguntas cómo pueden verte delgada, a qué mente distorsionada se le ocurre juzgarte de ese modo. Y luego piensas, "ah, no!, la única mente distorsionada es la mía"... pero no acabas de creértelo, nunca te lo crees del todo. Es fiarte de los demás o de ti misma, y siempre ganas tú. Si yo veo que algo es de color rojo seguiré pensando que es rojo por mucho que toda la humanidad se empeñe en que es verde...
Tengo etapas en las que verme gorda no es algo que me preocupe demasiado, puedo convivir con ello aunque no acepte que todo sea producto de mi imaginación y siga pensando que soy yo la única que se percibe tal y como es (aunque, pensándolo bien, ¿acaso hay una percepción verdadera y universal?). Cuando comer es una tortura, cuando estás apática y deprimida, cuando sólo tienes ganas de llorar y piensas que nunca saldrás del hoyo en el que te has metido, verte gorda o delgada no es algo que te quite el sueño. Y menos si sabes que estás adelgazando porque, aunque no lo veas, la báscula te lo dice. Sigo adelante, en un mes podré haber bajado hasta dos kilos más, algún día conseguiré ver el fruto de mi esfuerzo, lo sé.
Pero hay otras épocas en las que esto me obsesiona. Sobre todo me obsesiona porque no lo entiendo. No entiendo cómo mi mente, algo que es mío, que me pertenece, que se supone que YO manejo, puede estar haciéndome esto. "Mira qué bracitos", "no tienes culo"... comentarios así suenan absolutamente cómicos, ¿me estás tomando el pelo? ¿Crees que soy imbécil, que estoy ciega? Pueden darme veinte mil explicaciones de las causas de la dismorfofobia, pero en mi fuero interno yo no me creo ni una, porque parece que ni los médicos y psicólogos que las enumeran se las creen de verdad. Cuando bajo de peso no lo veo; cuando me mantengo o subo mínimamente mis caderas se ensanchan como por arte de magia, mis brazos y mis piernas se vuelven enormes y grasientos, mi cara ya no está chupada sino llena de color, con sus mofletes... y yo me creo todo eso, y por eso quiero seguir bajando de peso. Porque sé que no, pero mantengo la esperanza de que algún día me veré como ese esqueleto andante que describe mi madre cuando lloro porque estoy gorda.
Irlanda
Tengo etapas en las que verme gorda no es algo que me preocupe demasiado, puedo convivir con ello aunque no acepte que todo sea producto de mi imaginación y siga pensando que soy yo la única que se percibe tal y como es (aunque, pensándolo bien, ¿acaso hay una percepción verdadera y universal?). Cuando comer es una tortura, cuando estás apática y deprimida, cuando sólo tienes ganas de llorar y piensas que nunca saldrás del hoyo en el que te has metido, verte gorda o delgada no es algo que te quite el sueño. Y menos si sabes que estás adelgazando porque, aunque no lo veas, la báscula te lo dice. Sigo adelante, en un mes podré haber bajado hasta dos kilos más, algún día conseguiré ver el fruto de mi esfuerzo, lo sé.
Pero hay otras épocas en las que esto me obsesiona. Sobre todo me obsesiona porque no lo entiendo. No entiendo cómo mi mente, algo que es mío, que me pertenece, que se supone que YO manejo, puede estar haciéndome esto. "Mira qué bracitos", "no tienes culo"... comentarios así suenan absolutamente cómicos, ¿me estás tomando el pelo? ¿Crees que soy imbécil, que estoy ciega? Pueden darme veinte mil explicaciones de las causas de la dismorfofobia, pero en mi fuero interno yo no me creo ni una, porque parece que ni los médicos y psicólogos que las enumeran se las creen de verdad. Cuando bajo de peso no lo veo; cuando me mantengo o subo mínimamente mis caderas se ensanchan como por arte de magia, mis brazos y mis piernas se vuelven enormes y grasientos, mi cara ya no está chupada sino llena de color, con sus mofletes... y yo me creo todo eso, y por eso quiero seguir bajando de peso. Porque sé que no, pero mantengo la esperanza de que algún día me veré como ese esqueleto andante que describe mi madre cuando lloro porque estoy gorda.
Irlanda
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