Hace una semana el psiquiatra me vio por primera vez. Rápida y fríamente me preguntó si dormía bien, si me costaba tomar decisiones, si tenía pensamientos sobre la muerte; finalmente me preguntó si pensaba que algún medicamento podía ayudarme, y le dije que no lo sabía, aunque sospechaba que sí. Hizo pasar a mi madre y me explicó cómo funcionan los antidepresivos. La verdad es que no entendí nada de la jerga médica; mi cerebro sólo captaba las partes que le interesaban, es decir, las que tenían que ver con la comida. Es muy importante que cumplas a rajatabla la dieta del endocrino, o las pastillas no te harán ningún efecto. Cuando salí de allí me puse a llorar al decirme mi madre que tendría que empezar a comer dos yogures en la merienda, y que si son 40 gramos de pan son 40 gramos, ni uno más ni uno menos. Por un momento pensé que el control de mi madre iba a volver con más fuerza todavía, y me asusté. Si ahora mismo conservo algunas ganas de vivir es porque sé que puedo saltarme la merienda, o que puedo ponerme la mitad de guisantes sin que nadie lo note. Por ¿suerte? ese control no ha vuelto y sigo con mis estrategias inútiles que sé que sólo me van a llevar a estar ingresada en un hospital, pero que no puedo parar.
Estos días de puente he ido bajando y bajando en picado anímicamente. Mi depresión ha llegado a su punto máximo, por lo que me he dedicado a estar tirada en el sillón tragándome toda la mierda de la tele. No tenía fuerzas físicas ni psicológicas para hacer nada. Intentaba abrirme con mi madre, pero hasta ella me cansaba. Cuando le contaba lo mal que me sentía sólo me repetía que es por la desnutrición, y que debo intentar comer un poquito más. Entonces yo lloraba más todavía, porque sé que tiene razón pero estoy metida en una espiral que no sé cómo cortar. Sé que hasta que mi cuerpo no exteriorice que no puede más no voy a parar, es una decisión que en algún momento tomé y asimilé y que ya es demasiado tarde para eliminar. Me cuesta desde levantarme de la cama por las mañanas (dolor de huesos, mareos, dolor de cabeza, angustia) hasta bajar las escaleras (debilidad, pesadez en los músculos, más dolor de huesos). Mi corazón a veces se vuelve loco, y siento que me va a fallar en ese mismo instante. Yo sé que sin ayuda no voy a poder superar esta enfermedad, y cuando digo ayuda me refiero a obligación, a imposición; hasta que no haya médicos a mi alrededor embutiéndome la comida durante las veinticuatro horas del día yo no podré empezar a recuperarme. Pero soy demasiado cobarde como para decirle esto a mis padres o a la psicóloga. Cuando pienso en hacerlo automáticamente salta mi otra parte, la que me dice que empiece lo que he acabado, que termine de destrozarme, que llegue a los 45, a los 43, a los 40, que toque fondo para que la subida sea todavía más extrema. Me dice que entregue todo a la anorexia, todo lo que me queda por darle, aunque casi no queda porque me lo está quitando todo de la manera más veloz que podía imaginarme.
Ya ni pensar puedo; noto cómo mi cabeza no se concentra en lo que hace, cuando me hablan se me va la mente y ni siquiera puedo disimular que no me estoy enterando de nada. No razono, todo pensamiento carece de lógica. Me hablan y me preguntan cosas y pasan segundos hasta que entiendo lo que me han dicho y construyo una respuesta más o menos coherente para dar. Y sin embargo no es todo esto lo que más me preocupa, sino engordar. Qué triste. Estos cuatro días en los que prácticamente no me he movido han ido haciendo mella en mí hasta que hoy al mirarme en el espejo me he visto cuatro veces más ancha. Hoy era el día de la solución; iba a ir al gimnasio y luego me saltaría cuatro comidas... pero un dolor de cabeza increíble me ha fastidiado los planes. ¿Consecuencia? Me empiezo a comer la cabeza con el "voy a engordar todo lo del puente", "tenía que haberme levantado de la cama a pesar del dolor"... e inevitablemente todo eso se refleja luego en el espejo. La sensación de ayer a hoy es como la de haber engordado unos cinco kilos. Y todo por unos pensamientos que no sé controlar.
Creo que hasta esta actualización ha quedado sin ninguna cohesión. Espero volver pronto con mejores pronósticos.
Irlanda
martes, 9 de diciembre de 2008
martes, 2 de diciembre de 2008
"Me veo gorda"
Una de las señales que me ayudaron a detectar que estaba enferma fue el seguir viéndome gorda cuando todos los demás notaban que había bajado de peso. Yo caí enferma con 70 kilos, y la percepción de mí misma que tengo con 47 es la misma. Como si no hubiera adelgazado ni cien míseros gramos. Es difícil comprender cómo la mente puede jugarnos esta mala pasada, pero más difícil es aceptar que TU mente está engañándote. Por eso muchas veces no puedo creer que esté enferma, que a mí me pase esto. Es angustioso, y es terrible. Desempolvar tus antiguos pantalones de la 42 para compararlos con los nuevos de la 34 para ser consciente de que has perdido más de 20 kilos. Tener que preguntarle a tu madre si de verdad estás tan delgada como te dicen, y que te responda que estás en los huesos, extremadamente delgada, y no poder verlo, ni sentirlo; hacer un esfuerzo, mirarte la pierna, tocártela, intentar sentirla y no notar más que grasa inservible e inútil. Es una tortura plantarte desnuda delante del espejo y ver un esqueleto a punto de sobresalir por encima de la piel, y sin embargo ver ese esqueleto dentro de un cuerpo gigantesco, más ancho que ningún otro que pueda pasear por la calle. Verte más gorda que nadie en espejos, en reflejos, en fotos, hasta en la sombra que proyectas en la acera. Te preguntas cómo pueden verte delgada, a qué mente distorsionada se le ocurre juzgarte de ese modo. Y luego piensas, "ah, no!, la única mente distorsionada es la mía"... pero no acabas de creértelo, nunca te lo crees del todo. Es fiarte de los demás o de ti misma, y siempre ganas tú. Si yo veo que algo es de color rojo seguiré pensando que es rojo por mucho que toda la humanidad se empeñe en que es verde...
Tengo etapas en las que verme gorda no es algo que me preocupe demasiado, puedo convivir con ello aunque no acepte que todo sea producto de mi imaginación y siga pensando que soy yo la única que se percibe tal y como es (aunque, pensándolo bien, ¿acaso hay una percepción verdadera y universal?). Cuando comer es una tortura, cuando estás apática y deprimida, cuando sólo tienes ganas de llorar y piensas que nunca saldrás del hoyo en el que te has metido, verte gorda o delgada no es algo que te quite el sueño. Y menos si sabes que estás adelgazando porque, aunque no lo veas, la báscula te lo dice. Sigo adelante, en un mes podré haber bajado hasta dos kilos más, algún día conseguiré ver el fruto de mi esfuerzo, lo sé.
Pero hay otras épocas en las que esto me obsesiona. Sobre todo me obsesiona porque no lo entiendo. No entiendo cómo mi mente, algo que es mío, que me pertenece, que se supone que YO manejo, puede estar haciéndome esto. "Mira qué bracitos", "no tienes culo"... comentarios así suenan absolutamente cómicos, ¿me estás tomando el pelo? ¿Crees que soy imbécil, que estoy ciega? Pueden darme veinte mil explicaciones de las causas de la dismorfofobia, pero en mi fuero interno yo no me creo ni una, porque parece que ni los médicos y psicólogos que las enumeran se las creen de verdad. Cuando bajo de peso no lo veo; cuando me mantengo o subo mínimamente mis caderas se ensanchan como por arte de magia, mis brazos y mis piernas se vuelven enormes y grasientos, mi cara ya no está chupada sino llena de color, con sus mofletes... y yo me creo todo eso, y por eso quiero seguir bajando de peso. Porque sé que no, pero mantengo la esperanza de que algún día me veré como ese esqueleto andante que describe mi madre cuando lloro porque estoy gorda.
Irlanda
Tengo etapas en las que verme gorda no es algo que me preocupe demasiado, puedo convivir con ello aunque no acepte que todo sea producto de mi imaginación y siga pensando que soy yo la única que se percibe tal y como es (aunque, pensándolo bien, ¿acaso hay una percepción verdadera y universal?). Cuando comer es una tortura, cuando estás apática y deprimida, cuando sólo tienes ganas de llorar y piensas que nunca saldrás del hoyo en el que te has metido, verte gorda o delgada no es algo que te quite el sueño. Y menos si sabes que estás adelgazando porque, aunque no lo veas, la báscula te lo dice. Sigo adelante, en un mes podré haber bajado hasta dos kilos más, algún día conseguiré ver el fruto de mi esfuerzo, lo sé.
Pero hay otras épocas en las que esto me obsesiona. Sobre todo me obsesiona porque no lo entiendo. No entiendo cómo mi mente, algo que es mío, que me pertenece, que se supone que YO manejo, puede estar haciéndome esto. "Mira qué bracitos", "no tienes culo"... comentarios así suenan absolutamente cómicos, ¿me estás tomando el pelo? ¿Crees que soy imbécil, que estoy ciega? Pueden darme veinte mil explicaciones de las causas de la dismorfofobia, pero en mi fuero interno yo no me creo ni una, porque parece que ni los médicos y psicólogos que las enumeran se las creen de verdad. Cuando bajo de peso no lo veo; cuando me mantengo o subo mínimamente mis caderas se ensanchan como por arte de magia, mis brazos y mis piernas se vuelven enormes y grasientos, mi cara ya no está chupada sino llena de color, con sus mofletes... y yo me creo todo eso, y por eso quiero seguir bajando de peso. Porque sé que no, pero mantengo la esperanza de que algún día me veré como ese esqueleto andante que describe mi madre cuando lloro porque estoy gorda.
Irlanda
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Me asusto
Los pensamientos recurrentes no son algo nuevo para mí, no me llegaron con mi anorexia. Siempre los he tenido, aunque hasta que caí enferma no habían sido peligrosos. Me obsesionaba con ideas a veces absurdas, a veces condenadas a materializarse. Cuando tenía ocho o nueve años me torturaba el pensamiento de que, quizá, yo era lesbiana. Por las noches, después de que mis padres viniesen a mi cama a arroparme, surgía ese pequeño temor, que iba creciendo hasta que al final se apagaba cuando conseguía dormirme. Pensaba que no era normal que una niña se fijase más en personas de su mismo sexo que en los chicos. Supongo que lo hacía porque ya desde pequeña me comparaba con las demás niñas, y envidiaba sus cuerpos pequeñitos, delgados, sin pecho, todo eso que yo no tenía, todo eso que en mí estaba ya cambiando. Igual que aparecieron, abandoné esos temores sin ni siquiera ser consciente de cuándo, cómo o por qué. Pero, como ése, otros vinieron a mí, para quedarse más o menos tiempo en mi cabeza e impedir que fuera la niña o la adolescente despreocupada y totalmente feliz que habría querido ser.
Con la anorexia los pensamientos recurrentes se han ido amontonando en mi mente, ocupando todo el espacio que yo reservaba para cada área de mi vida. Ya no llegan de uno en uno, sino todos del golpe, sucediéndose rápidamente y sin decidirse a dejarme tranquila. Son pensamientos sobre mi cuerpo, sobre la comida, sobre mi futuro, sobre mi padre, sobre mi aletargamiento. Me obsesiono con cada uno de ellos y no sé amortiguar su efecto sobre mí. Están todos ahí, expectantes, esperando su turno para bombardear mi cabeza. Aunque voy a temporadas, y cada X días uno predomina sobre los demás y me obsesiona especialmente, sé que los demás siguen ahí aguardando. Los hay más o menos peligrosos, sé que algunos podrían hacerme más daño que otros.
Hay uno de ellos que me asusta especialmente. Apareció como la llamita de una cerilla, y paulatinamente ha ido alimentándose de los buenos sentimientos que hay (¿había?) en mí respecto a mi familia o a mi futuro para acabar convirtiéndose en una hoguera gigante. Una hoguera que me quema las veinticuatro horas del día, y que no sé cómo apagar. No recuerdo en qué momento se me ocurrió lo genial que sería despertarme de repente en la cama de un hospital y ver a mi padre llorando a mi lado, preguntándose cómo había podido su hija llegar a tal extremo, prometiéndose a sí mismo cambiar para mí. Tras no sé ni cuántos días esa "inocente" ocurrencia se ha convertido en un objetivo que me obsesiona y condiciona cada uno de mis actos. Todo lo que hago lo hago para que eso se convierta en realidad. Cada vez que tiro el almuerzo visualizo el momento en que despierte en una cama extraña y vea a mi padre preocupado, o enfadado, o deshecho en lágrimas, me da igual. Cuando desobedezco las órdenes del endocrino y voy al gimnasio a correr media hora diaria lo hago porque tengo ese objetivo, y no otro. Ya no es adelgazar, ni intentar no subir de peso. Es castigar a mi padre. No me importa lo que pase conmigo, me es indiferente si en ese hospital imaginario me hacen engordar diez o veinte kilos. Lo que ansío con más fuerza que nada que haya deseado antes es ver a mi padre sufriendo por mí. Quiero desmayarme en medio de la calle, o mientras corro en el gimnasio, o delante de toda la gente de mi clase. Quiero que una ambulancia llame a mi padre y le diga que su hija desnutrida está de camino al hospital. Que un enfermero me pese y le diga la verdad: que no peso 51 kilos como cree, sino casi 47. Que su hija, la que era perfecta, la que debía ser la mejor, tiene que paralizar toda su vida e ingresar en un hospital durante dos, tres, cuatro meses, o los que sean, eso no me importa. En ese pensamiento mi madre también aparece, pero está tranquila, sabe que su hija conseguirá superar ese nuevo revés de la vida. Lo pasa mal, y mi hermano y mis amigos y toda mi familia lo pasan mal, pero en mi imaginación puede muchísimo más el saber que mi padre va a sufrir. El otro día le dije a mi madre que a veces me gustaría que me pasara algo para darle un susto a mi padre; una manera suave de resumir todo lo que en realidad pienso. Sé que en ese momento se asustó, aunque dudo que más de lo que yo me asusto a mí misma, porque sé que soy capaz de conseguirlo, de hecho lo estoy consiguiendo ya. Me recordó que, aunque mi padre no me quiera de la manera que yo querría, sí tengo muchísima gente a mi alrededor que me quiere y me lo demuestra. Pero, como he dicho, saber eso no me da la energía que necesito para deshacer el camino. Mi objetivo es claro, y voy a por él. Por eso me asusto; comparo este pensamiento con todos los que me han obsesionado a lo largo de mi vida y veo que es igual, que no va a irse fácilmente. Que, quizá, cuando esté preparada para desterrarlo ya sea demasiado tarde y haya invadido todo lo que quiero. Porque ya lo está haciendo; me atormenta durante todo el día y no me permite hacer nada más que darle vueltas. No estudio, no salgo, no leo. Sólo hago cosas que me conduzcan a mi meta, nada más. Y me pregunto si tendré que esperar mucho más tiempo para que llegue, para ver a mi padre llorando al lado de su hija moribunda.
Irlanda
Con la anorexia los pensamientos recurrentes se han ido amontonando en mi mente, ocupando todo el espacio que yo reservaba para cada área de mi vida. Ya no llegan de uno en uno, sino todos del golpe, sucediéndose rápidamente y sin decidirse a dejarme tranquila. Son pensamientos sobre mi cuerpo, sobre la comida, sobre mi futuro, sobre mi padre, sobre mi aletargamiento. Me obsesiono con cada uno de ellos y no sé amortiguar su efecto sobre mí. Están todos ahí, expectantes, esperando su turno para bombardear mi cabeza. Aunque voy a temporadas, y cada X días uno predomina sobre los demás y me obsesiona especialmente, sé que los demás siguen ahí aguardando. Los hay más o menos peligrosos, sé que algunos podrían hacerme más daño que otros.
Hay uno de ellos que me asusta especialmente. Apareció como la llamita de una cerilla, y paulatinamente ha ido alimentándose de los buenos sentimientos que hay (¿había?) en mí respecto a mi familia o a mi futuro para acabar convirtiéndose en una hoguera gigante. Una hoguera que me quema las veinticuatro horas del día, y que no sé cómo apagar. No recuerdo en qué momento se me ocurrió lo genial que sería despertarme de repente en la cama de un hospital y ver a mi padre llorando a mi lado, preguntándose cómo había podido su hija llegar a tal extremo, prometiéndose a sí mismo cambiar para mí. Tras no sé ni cuántos días esa "inocente" ocurrencia se ha convertido en un objetivo que me obsesiona y condiciona cada uno de mis actos. Todo lo que hago lo hago para que eso se convierta en realidad. Cada vez que tiro el almuerzo visualizo el momento en que despierte en una cama extraña y vea a mi padre preocupado, o enfadado, o deshecho en lágrimas, me da igual. Cuando desobedezco las órdenes del endocrino y voy al gimnasio a correr media hora diaria lo hago porque tengo ese objetivo, y no otro. Ya no es adelgazar, ni intentar no subir de peso. Es castigar a mi padre. No me importa lo que pase conmigo, me es indiferente si en ese hospital imaginario me hacen engordar diez o veinte kilos. Lo que ansío con más fuerza que nada que haya deseado antes es ver a mi padre sufriendo por mí. Quiero desmayarme en medio de la calle, o mientras corro en el gimnasio, o delante de toda la gente de mi clase. Quiero que una ambulancia llame a mi padre y le diga que su hija desnutrida está de camino al hospital. Que un enfermero me pese y le diga la verdad: que no peso 51 kilos como cree, sino casi 47. Que su hija, la que era perfecta, la que debía ser la mejor, tiene que paralizar toda su vida e ingresar en un hospital durante dos, tres, cuatro meses, o los que sean, eso no me importa. En ese pensamiento mi madre también aparece, pero está tranquila, sabe que su hija conseguirá superar ese nuevo revés de la vida. Lo pasa mal, y mi hermano y mis amigos y toda mi familia lo pasan mal, pero en mi imaginación puede muchísimo más el saber que mi padre va a sufrir. El otro día le dije a mi madre que a veces me gustaría que me pasara algo para darle un susto a mi padre; una manera suave de resumir todo lo que en realidad pienso. Sé que en ese momento se asustó, aunque dudo que más de lo que yo me asusto a mí misma, porque sé que soy capaz de conseguirlo, de hecho lo estoy consiguiendo ya. Me recordó que, aunque mi padre no me quiera de la manera que yo querría, sí tengo muchísima gente a mi alrededor que me quiere y me lo demuestra. Pero, como he dicho, saber eso no me da la energía que necesito para deshacer el camino. Mi objetivo es claro, y voy a por él. Por eso me asusto; comparo este pensamiento con todos los que me han obsesionado a lo largo de mi vida y veo que es igual, que no va a irse fácilmente. Que, quizá, cuando esté preparada para desterrarlo ya sea demasiado tarde y haya invadido todo lo que quiero. Porque ya lo está haciendo; me atormenta durante todo el día y no me permite hacer nada más que darle vueltas. No estudio, no salgo, no leo. Sólo hago cosas que me conduzcan a mi meta, nada más. Y me pregunto si tendré que esperar mucho más tiempo para que llegue, para ver a mi padre llorando al lado de su hija moribunda.
Irlanda
martes, 25 de noviembre de 2008
Ayer lloré
Ayer lloré. Lloré mientras estudiaba, me cambiaba de ropa, iba al baño y me pegaba a la estufa.
Es tan sencillo como encontrarme bien y, de repente, todo se tuerce. Cualquier nimiedad precipita la ansiedad y lloro. No es un llanto húmedo; apenas caen lágrimas de mis ojos. Sin embargo no puedo reprimir los gemidos de dolor que escapan de mi boca, no puedo evitar que mi cabeza se balancee de arriba a abajo como si mi cuello fuese un muelle. Vago por mi casa buscando el mejor lugar para esconderme, y no lo encuentro. Mi cama se me hace extraña, el sillón muy pequeño. Me fijo en los carteles que mi madre y mi hermano han colgado por las paredes para animarme: "mi vida es mía", "¡puedo!", "todos me ayudan". Me parecen absurdos, su mensaje carente ya de valor. Me dan ganas de arrancarlos, trocearlos, y luego hacer lo mismo con mi piel y con mi pelo. Esos carteles dicen que hay gente que me quiere, pero a mí sólo me interesa el amor y la atención de una persona que no me puede dar nada de eso, porque no sabe darlo.
He estado buscando a mi padre en otras personas desde que se fue de casa. Durante años estuve muy ligada al que fue mi mejor amigo, aun cuando él decidió cansarse de mí y comenzó a ignorarme. Como con mi padre, yo intenté mantener la relación que un día habíamos tenido, o que yo creía que habíamos tenido. No obstante, con él supe cortar antes de que me hiciera más daño, aunque ya me lo había hecho y bastante. Después de más de un año soy consciente de hasta qué punto mi mejor amigo se asemejaba a mi padre, y de cómo yo proyecté toda mi falta de amor en él y la busqué en sus brazos; pero, como mi padre, él también era incapaz de darme lo que yo necesitaba. Llegué a mantener con él una relación de dependencia, él era para mí como una droga que me hacía cada vez más daño pero de la que no podía desengancharme. Me insultaba, me ignoraba, rechazaba todo lo que yo le ofrecía, y sólo acudía a mí cuando se sentía solo o necesitaba un chute de ego que yo siempre estaba dispuesta a darle. Yo esperaba que cambiase, y realmente pensaba que lo haría. En algún momento la realidad se apareció desnuda ante mis ojos y corté con todo. Me costó desengancharme, pero ya no pienso en él, ni anhelo su compañía; no siento nada por él, sólo indiferencia. Cuando le veo ningún tipo de sentimiento acude a mi corazón, ni malo ni bueno. ¿Por qué con él he podido, y con mi padre no?
Ayer lloré. Lloré porque me siento a estudiar y pierdo las fuerzas, y nada me sale. Porque no me motiva despertarme a las ocho para irme al conservatorio. Porque odio ir al gimnasio y todas las mañanas mis pasos me conducen hasta allí para machacarme corriendo y haciendo pesas. Porque no me encuentro cómoda ya ni en mi cama, porque me despierto dos o tres veces cada noche porque siento que el corazón se me va a salir del pecho, o porque me muero de calor o de frío. Lloré porque necesitaba expresar lo inexpresable. Porque olí los pimientos de la cena asándose en el horno, porque quedaba sólo una hora para sentarme a la mesa a comer. Lloré porque hoy es mi martes de ayuno y me siento mal repitiéndolo semana tras semana, pero también me siento mal si no lo hago así. Lloré porque ayer tenía cita con la psicóloga y la recepcionista del centro olvidó llamarme para decirme que estaba de viaje, y me presenté allí como una idiota que acababa de beberse dos litros de agua para seguir engañando a todo el mundo. Porque me gustaría hablar de todo lo que siento con mi madre y con mis amigas y no encuentro las palabras apropiadas. Porque llegan los exámenes y las audiciones y no reúno las fuerzas necesarias para afrontarlos como lo hacía antes. Porque me voy a París y sólo pienso en lo que engordaré allí. Porque tengo una familia y unos amigos que me quieren y ni siquiera lo intento por ellos.
Ayer lloré porque he perdido a mi padre.
Es tan sencillo como encontrarme bien y, de repente, todo se tuerce. Cualquier nimiedad precipita la ansiedad y lloro. No es un llanto húmedo; apenas caen lágrimas de mis ojos. Sin embargo no puedo reprimir los gemidos de dolor que escapan de mi boca, no puedo evitar que mi cabeza se balancee de arriba a abajo como si mi cuello fuese un muelle. Vago por mi casa buscando el mejor lugar para esconderme, y no lo encuentro. Mi cama se me hace extraña, el sillón muy pequeño. Me fijo en los carteles que mi madre y mi hermano han colgado por las paredes para animarme: "mi vida es mía", "¡puedo!", "todos me ayudan". Me parecen absurdos, su mensaje carente ya de valor. Me dan ganas de arrancarlos, trocearlos, y luego hacer lo mismo con mi piel y con mi pelo. Esos carteles dicen que hay gente que me quiere, pero a mí sólo me interesa el amor y la atención de una persona que no me puede dar nada de eso, porque no sabe darlo.
He estado buscando a mi padre en otras personas desde que se fue de casa. Durante años estuve muy ligada al que fue mi mejor amigo, aun cuando él decidió cansarse de mí y comenzó a ignorarme. Como con mi padre, yo intenté mantener la relación que un día habíamos tenido, o que yo creía que habíamos tenido. No obstante, con él supe cortar antes de que me hiciera más daño, aunque ya me lo había hecho y bastante. Después de más de un año soy consciente de hasta qué punto mi mejor amigo se asemejaba a mi padre, y de cómo yo proyecté toda mi falta de amor en él y la busqué en sus brazos; pero, como mi padre, él también era incapaz de darme lo que yo necesitaba. Llegué a mantener con él una relación de dependencia, él era para mí como una droga que me hacía cada vez más daño pero de la que no podía desengancharme. Me insultaba, me ignoraba, rechazaba todo lo que yo le ofrecía, y sólo acudía a mí cuando se sentía solo o necesitaba un chute de ego que yo siempre estaba dispuesta a darle. Yo esperaba que cambiase, y realmente pensaba que lo haría. En algún momento la realidad se apareció desnuda ante mis ojos y corté con todo. Me costó desengancharme, pero ya no pienso en él, ni anhelo su compañía; no siento nada por él, sólo indiferencia. Cuando le veo ningún tipo de sentimiento acude a mi corazón, ni malo ni bueno. ¿Por qué con él he podido, y con mi padre no?
Ayer lloré. Lloré porque me siento a estudiar y pierdo las fuerzas, y nada me sale. Porque no me motiva despertarme a las ocho para irme al conservatorio. Porque odio ir al gimnasio y todas las mañanas mis pasos me conducen hasta allí para machacarme corriendo y haciendo pesas. Porque no me encuentro cómoda ya ni en mi cama, porque me despierto dos o tres veces cada noche porque siento que el corazón se me va a salir del pecho, o porque me muero de calor o de frío. Lloré porque necesitaba expresar lo inexpresable. Porque olí los pimientos de la cena asándose en el horno, porque quedaba sólo una hora para sentarme a la mesa a comer. Lloré porque hoy es mi martes de ayuno y me siento mal repitiéndolo semana tras semana, pero también me siento mal si no lo hago así. Lloré porque ayer tenía cita con la psicóloga y la recepcionista del centro olvidó llamarme para decirme que estaba de viaje, y me presenté allí como una idiota que acababa de beberse dos litros de agua para seguir engañando a todo el mundo. Porque me gustaría hablar de todo lo que siento con mi madre y con mis amigas y no encuentro las palabras apropiadas. Porque llegan los exámenes y las audiciones y no reúno las fuerzas necesarias para afrontarlos como lo hacía antes. Porque me voy a París y sólo pienso en lo que engordaré allí. Porque tengo una familia y unos amigos que me quieren y ni siquiera lo intento por ellos.
Ayer lloré porque he perdido a mi padre.
domingo, 23 de noviembre de 2008
Mi madre
Una de las cosas que tengo que agradecerle a mi enfermedad es haber podido iniciar la construcción de un puente de comunicación entre mi madre y yo. Así como el frágil puente que existía entre mi padre y yo se fue cerrando, uno nuevo va formándose día a día entre nosotras. Mi madre es mi gran apoyo, es mi guía. Es la que me escucha, la que intenta comprenderme aunque el idioma en el que le hablo sea totalmente desconocido para ella. Es la que perdona mis errores y nunca me los tiene en cuenta, la única que cree en mí. Toda (y creo que no me equivoco generalizando) la gente de mi alrededor teme por mi vida, no tiene grandes esperanzas en mi recuperación, me mira con cara de lástima como si fuera a morirme de un momento a otro. Mi madre no. Mi madre cree más en mi fortaleza y en mi capacidad de superación que yo misma, que mi psicóloga o que mis amigas. Yo creo que nunca superaré la anorexia; ella sabe que lo haré.
Mi madre iba a ser una buena catedrática de universidad. Cuando mi hermano y yo éramos muy pequeños, ella dejó su tesis doctoral cuando estaba a punto de acabarla para estar con nosotros. Mi padre cree que ése ha sido el gran fracaso de mi madre; ella, en cambio, lo considera su mayor triunfo. Y yo lo veo igualmente así. Mi madre organizó su vida de modo que le permitiera estar el mayor tiempo posible viendo crecer a sus hijos mientras mi padre tenía éxito y reconocimiento social, pero no disfrutaba de su familia. Mi madre sufrió antes y después de su separación, pero ella misma sin ayuda directa de nadie consiguió cambiar su percepción del mundo y su filosofía de vida para encontrar la felicidad y transmitírnosla a nosotros. Mi madre es la persona más fuerte y optimista que conozco. Sólo tiene 47 años y, aunque ella no lo cree, es más sabia que muchísimas personas de ochenta. Sabe ser feliz con lo que la vida le da, aun si es poco.
Cuando mi padre se fue de casa yo decidí, por alguna razón, ponerme de su parte. Estar con mi madre me crispaba. Como ya he dicho en la anterior entrada, para mí los causantes de que mi padre se hubiera ido éramos su familia, incluida mi madre. La veía como una dictadora, ella era la mala de la película. Me portaba mal con ella; le gritaba, intentaba hacerle sentir culpable, rechazaba sus abrazos... Cuando nos llevaba de viaje ponía malas caras sólo para que ella tampoco pudiera disfrutar. Y luego llegaba mi padre, el salvador, y me apartaba de ella dos fines de semana al mes que yo no quería que acabaran jamás. Él me concedía todo lo que yo quería: podía estar cara al ordenador todo el día si me apetecía, me preparaba espaguettis y me compraba helado, me daba más paga y sobre todo no me acribillaba a preguntas sobre el instituto, los exámenes, el conservatorio. Me dejaba en paz, a mi aire, a mi bola, el deseo de toda adolescente, ¡que no la molesten! En cambio, mi madre estaba siempre alerta, "¿en qué te has gastado la paga?", "sólo media hora de ordenador", "recuerda que tienes que estudiar antes de salir con tus amigas". Ahora entiendo que todo lo que hacía mi madre era lo correcto, al menos bajo mi punto de vista. Era la que realmente se preocupaba por mí, la que intentaba protegerme y comunicarse conmigo, conocer mis temores y mis deseos. Mi hermano tiene actualmente catorce años y yo observo, impotente, cómo la historia se repite. Afortunadamente él siempre ha estado más ligado a mi madre, lo que ayuda a que su relación con ella, aunque peor que antes, siga siendo buena. Idolatra a mi padre tal y como yo lo hacía, pero no de manera tan exagerada. Sé que algún día se dará cuenta de lo que yo ahora veo, así que no me preocupa en exceso lo que pasa.
Cuando yo caí en la anorexia mi relación con mi madre estaba ya cambiando hacia mejor, y la que tenía con mi padre evolucionaba también, pero en la dirección contraria. En cuanto mi madre confirmó mis sospechas sobre las razones de su separación, fuimos acercándonos muchísimo más; el proceso se aceleró. A decir verdad, por aquel entonces yo ya llevaba un par de años cogiendo confianza con ella. Le contaba cosas sobre mis amigas, sobre los chicos que me gustaban... incluso supo de mi boca cuándo probé el alcohol y los porros, por poner un ejemplo. Eran temas que salían en momentos de especial complicidad, pero que en seguida enterrábamos de nuevo y pasaban a ser algo tabú. Cuando mi madre me llevó al médico este julio y éste me puso la dieta de las 2500 calorías que desencadenó mi confesión, fue cuando realmente ese puente de comunicación nació entre nosotras. Fui a ella a quien acudí para contarle lo que estaba pasando en mi cabeza. Fue la que me acompañó a la asociación, algo escéptica tal vez, y allí encajó de manera ejemplar la noticia de que su hija estaba, definitivamente, enferma. Ella era la que no iba a trabajar por quedarse en casa cuidándome y dándome todo lo que necesitaba, intentando sacar la más leve sonrisa de mi boca. A principios de agosto nos fuimos de viaje juntas por España. Sólo sabíamos que la primera noche dormiríamos en Soria; a partir de ahí, aventura. Había días que yo estaba muy mal anímicamente, y ella hacía lo que fuera para animarme. Me escuchaba, aunque yo entonces todavía no hablaba demasiado. Compartía su experiencia conmigo, todo lo que había aprendido sobre sí misma y sobre la vida a raíz de su separación. Recuerdo que el primer día, llegando a Soria, me puse a llorar en el coche. Casi cinco horas de camino dan para mucho aburrimiento, y a mí éste me condujo a mirarme los brazos de forma obsesiva hasta deformarlos completamente y verlos ampliados mil veces. Ella me preguntó si quería que volviéramos a casa... estábamos llegando y estaba dispuesta a volver atrás porque me veía mal... mi madre. 
Mi madre iba a ser una buena catedrática de universidad. Cuando mi hermano y yo éramos muy pequeños, ella dejó su tesis doctoral cuando estaba a punto de acabarla para estar con nosotros. Mi padre cree que ése ha sido el gran fracaso de mi madre; ella, en cambio, lo considera su mayor triunfo. Y yo lo veo igualmente así. Mi madre organizó su vida de modo que le permitiera estar el mayor tiempo posible viendo crecer a sus hijos mientras mi padre tenía éxito y reconocimiento social, pero no disfrutaba de su familia. Mi madre sufrió antes y después de su separación, pero ella misma sin ayuda directa de nadie consiguió cambiar su percepción del mundo y su filosofía de vida para encontrar la felicidad y transmitírnosla a nosotros. Mi madre es la persona más fuerte y optimista que conozco. Sólo tiene 47 años y, aunque ella no lo cree, es más sabia que muchísimas personas de ochenta. Sabe ser feliz con lo que la vida le da, aun si es poco.
Cuando mi padre se fue de casa yo decidí, por alguna razón, ponerme de su parte. Estar con mi madre me crispaba. Como ya he dicho en la anterior entrada, para mí los causantes de que mi padre se hubiera ido éramos su familia, incluida mi madre. La veía como una dictadora, ella era la mala de la película. Me portaba mal con ella; le gritaba, intentaba hacerle sentir culpable, rechazaba sus abrazos... Cuando nos llevaba de viaje ponía malas caras sólo para que ella tampoco pudiera disfrutar. Y luego llegaba mi padre, el salvador, y me apartaba de ella dos fines de semana al mes que yo no quería que acabaran jamás. Él me concedía todo lo que yo quería: podía estar cara al ordenador todo el día si me apetecía, me preparaba espaguettis y me compraba helado, me daba más paga y sobre todo no me acribillaba a preguntas sobre el instituto, los exámenes, el conservatorio. Me dejaba en paz, a mi aire, a mi bola, el deseo de toda adolescente, ¡que no la molesten! En cambio, mi madre estaba siempre alerta, "¿en qué te has gastado la paga?", "sólo media hora de ordenador", "recuerda que tienes que estudiar antes de salir con tus amigas". Ahora entiendo que todo lo que hacía mi madre era lo correcto, al menos bajo mi punto de vista. Era la que realmente se preocupaba por mí, la que intentaba protegerme y comunicarse conmigo, conocer mis temores y mis deseos. Mi hermano tiene actualmente catorce años y yo observo, impotente, cómo la historia se repite. Afortunadamente él siempre ha estado más ligado a mi madre, lo que ayuda a que su relación con ella, aunque peor que antes, siga siendo buena. Idolatra a mi padre tal y como yo lo hacía, pero no de manera tan exagerada. Sé que algún día se dará cuenta de lo que yo ahora veo, así que no me preocupa en exceso lo que pasa.
Cuando yo caí en la anorexia mi relación con mi madre estaba ya cambiando hacia mejor, y la que tenía con mi padre evolucionaba también, pero en la dirección contraria. En cuanto mi madre confirmó mis sospechas sobre las razones de su separación, fuimos acercándonos muchísimo más; el proceso se aceleró. A decir verdad, por aquel entonces yo ya llevaba un par de años cogiendo confianza con ella. Le contaba cosas sobre mis amigas, sobre los chicos que me gustaban... incluso supo de mi boca cuándo probé el alcohol y los porros, por poner un ejemplo. Eran temas que salían en momentos de especial complicidad, pero que en seguida enterrábamos de nuevo y pasaban a ser algo tabú. Cuando mi madre me llevó al médico este julio y éste me puso la dieta de las 2500 calorías que desencadenó mi confesión, fue cuando realmente ese puente de comunicación nació entre nosotras. Fui a ella a quien acudí para contarle lo que estaba pasando en mi cabeza. Fue la que me acompañó a la asociación, algo escéptica tal vez, y allí encajó de manera ejemplar la noticia de que su hija estaba, definitivamente, enferma. Ella era la que no iba a trabajar por quedarse en casa cuidándome y dándome todo lo que necesitaba, intentando sacar la más leve sonrisa de mi boca. A principios de agosto nos fuimos de viaje juntas por España. Sólo sabíamos que la primera noche dormiríamos en Soria; a partir de ahí, aventura. Había días que yo estaba muy mal anímicamente, y ella hacía lo que fuera para animarme. Me escuchaba, aunque yo entonces todavía no hablaba demasiado. Compartía su experiencia conmigo, todo lo que había aprendido sobre sí misma y sobre la vida a raíz de su separación. Recuerdo que el primer día, llegando a Soria, me puse a llorar en el coche. Casi cinco horas de camino dan para mucho aburrimiento, y a mí éste me condujo a mirarme los brazos de forma obsesiva hasta deformarlos completamente y verlos ampliados mil veces. Ella me preguntó si quería que volviéramos a casa... estábamos llegando y estaba dispuesta a volver atrás porque me veía mal... mi madre.
Desde que sabe que estoy enferma lo ha intentado todo para verme feliz. Ha cambiado los menús de casa para ajustarse totalmente al menú de mi endocrino, ha diseñado junto con mi hermano carteles de ánimo que ha pegado por toda la casa. Cada día está lleno de sus pequeños detalles. Se queja de que no le pido nada; quizá le gustaría que yo exigiera su ayuda, puede que porque no se da cuenta de que ya me está ayudando.
Un día me dijo que en cierto modo se alegraba de que esto me estuviera pasando ahora y no dentro de diez o veinte años, cuando ya tuviera una familia y unas responsabilidades ineludibles. Y que se alegraba también porque, de no ser por la anorexia, ella y yo no hablaríamos tanto. En ese momento le cayeron unas lágrimas de los ojos. Siempre me anima diciéndome que cuando salga de esto seré muchísimo más feliz, que me conoceré más a mí misma y tendré más recursos para enfrentarme a la vida. Ve mi enfermedad como una oportunidad, al contrario que todo el mundo. Sé que siempre estará conmigo y que puedo contar con ella para lo que sea. Poco a poco he ido abriéndome a mi madre, contándole cosas que pensé que nunca le contaría. Ella sabe más de lo que pasa en mi cabeza que mi psicóloga, y no digamos ya que cualquiera de mis amigas. Sé que muchas veces no entiende ni la mitad de lo que le digo, porque soy consciente de que una persona que no ha pasado por la anorexia no sabe ponerse en el lugar de un enfermo de TCA. Pero ella siempre encuentra las palabras justas para darme un empujoncito y mantenerme en mi lucha. Sabe que no estoy haciendo bien las cosas, que me salto comidas, muchas. Y aun así ella espera pacientemente a que algún día me cambie el chip y vaya saliendo de esto; no me presiona, es la única que intenta caminar a mi ritmo, porque sabe que esto es más que nada un proceso de mi mente, no de mi conducta. La primera vez que estuvieron a punto de ingresarme en el centro de día ella dijo que no porque yo no quería. Confía en mí, mucho más que yo y que nadie. Y a veces esa confianza me asusta un poco, porque no sé si sabré recompensarla.
Ojalá algún día me llegue la oportunidad de devolverle todo lo que ella ahora hace por mí. Tengo la mejor madre del mundo, y he tardado en darme cuenta, pero ahora que lo sé voy a cuidarla como si fuera mi mayor tesoro.
Irlanda
Un día me dijo que en cierto modo se alegraba de que esto me estuviera pasando ahora y no dentro de diez o veinte años, cuando ya tuviera una familia y unas responsabilidades ineludibles. Y que se alegraba también porque, de no ser por la anorexia, ella y yo no hablaríamos tanto. En ese momento le cayeron unas lágrimas de los ojos. Siempre me anima diciéndome que cuando salga de esto seré muchísimo más feliz, que me conoceré más a mí misma y tendré más recursos para enfrentarme a la vida. Ve mi enfermedad como una oportunidad, al contrario que todo el mundo. Sé que siempre estará conmigo y que puedo contar con ella para lo que sea. Poco a poco he ido abriéndome a mi madre, contándole cosas que pensé que nunca le contaría. Ella sabe más de lo que pasa en mi cabeza que mi psicóloga, y no digamos ya que cualquiera de mis amigas. Sé que muchas veces no entiende ni la mitad de lo que le digo, porque soy consciente de que una persona que no ha pasado por la anorexia no sabe ponerse en el lugar de un enfermo de TCA. Pero ella siempre encuentra las palabras justas para darme un empujoncito y mantenerme en mi lucha. Sabe que no estoy haciendo bien las cosas, que me salto comidas, muchas. Y aun así ella espera pacientemente a que algún día me cambie el chip y vaya saliendo de esto; no me presiona, es la única que intenta caminar a mi ritmo, porque sabe que esto es más que nada un proceso de mi mente, no de mi conducta. La primera vez que estuvieron a punto de ingresarme en el centro de día ella dijo que no porque yo no quería. Confía en mí, mucho más que yo y que nadie. Y a veces esa confianza me asusta un poco, porque no sé si sabré recompensarla.
Ojalá algún día me llegue la oportunidad de devolverle todo lo que ella ahora hace por mí. Tengo la mejor madre del mundo, y he tardado en darme cuenta, pero ahora que lo sé voy a cuidarla como si fuera mi mayor tesoro.
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