Mi madre iba a ser una buena catedrática de universidad. Cuando mi hermano y yo éramos muy pequeños, ella dejó su tesis doctoral cuando estaba a punto de acabarla para estar con nosotros. Mi padre cree que ése ha sido el gran fracaso de mi madre; ella, en cambio, lo considera su mayor triunfo. Y yo lo veo igualmente así. Mi madre organizó su vida de modo que le permitiera estar el mayor tiempo posible viendo crecer a sus hijos mientras mi padre tenía éxito y reconocimiento social, pero no disfrutaba de su familia. Mi madre sufrió antes y después de su separación, pero ella misma sin ayuda directa de nadie consiguió cambiar su percepción del mundo y su filosofía de vida para encontrar la felicidad y transmitírnosla a nosotros. Mi madre es la persona más fuerte y optimista que conozco. Sólo tiene 47 años y, aunque ella no lo cree, es más sabia que muchísimas personas de ochenta. Sabe ser feliz con lo que la vida le da, aun si es poco.
Cuando mi padre se fue de casa yo decidí, por alguna razón, ponerme de su parte. Estar con mi madre me crispaba. Como ya he dicho en la anterior entrada, para mí los causantes de que mi padre se hubiera ido éramos su familia, incluida mi madre. La veía como una dictadora, ella era la mala de la película. Me portaba mal con ella; le gritaba, intentaba hacerle sentir culpable, rechazaba sus abrazos... Cuando nos llevaba de viaje ponía malas caras sólo para que ella tampoco pudiera disfrutar. Y luego llegaba mi padre, el salvador, y me apartaba de ella dos fines de semana al mes que yo no quería que acabaran jamás. Él me concedía todo lo que yo quería: podía estar cara al ordenador todo el día si me apetecía, me preparaba espaguettis y me compraba helado, me daba más paga y sobre todo no me acribillaba a preguntas sobre el instituto, los exámenes, el conservatorio. Me dejaba en paz, a mi aire, a mi bola, el deseo de toda adolescente, ¡que no la molesten! En cambio, mi madre estaba siempre alerta, "¿en qué te has gastado la paga?", "sólo media hora de ordenador", "recuerda que tienes que estudiar antes de salir con tus amigas". Ahora entiendo que todo lo que hacía mi madre era lo correcto, al menos bajo mi punto de vista. Era la que realmente se preocupaba por mí, la que intentaba protegerme y comunicarse conmigo, conocer mis temores y mis deseos. Mi hermano tiene actualmente catorce años y yo observo, impotente, cómo la historia se repite. Afortunadamente él siempre ha estado más ligado a mi madre, lo que ayuda a que su relación con ella, aunque peor que antes, siga siendo buena. Idolatra a mi padre tal y como yo lo hacía, pero no de manera tan exagerada. Sé que algún día se dará cuenta de lo que yo ahora veo, así que no me preocupa en exceso lo que pasa.
Cuando yo caí en la anorexia mi relación con mi madre estaba ya cambiando hacia mejor, y la que tenía con mi padre evolucionaba también, pero en la dirección contraria. En cuanto mi madre confirmó mis sospechas sobre las razones de su separación, fuimos acercándonos muchísimo más; el proceso se aceleró. A decir verdad, por aquel entonces yo ya llevaba un par de años cogiendo confianza con ella. Le contaba cosas sobre mis amigas, sobre los chicos que me gustaban... incluso supo de mi boca cuándo probé el alcohol y los porros, por poner un ejemplo. Eran temas que salían en momentos de especial complicidad, pero que en seguida enterrábamos de nuevo y pasaban a ser algo tabú. Cuando mi madre me llevó al médico este julio y éste me puso la dieta de las 2500 calorías que desencadenó mi confesión, fue cuando realmente ese puente de comunicación nació entre nosotras. Fui a ella a quien acudí para contarle lo que estaba pasando en mi cabeza. Fue la que me acompañó a la asociación, algo escéptica tal vez, y allí encajó de manera ejemplar la noticia de que su hija estaba, definitivamente, enferma. Ella era la que no iba a trabajar por quedarse en casa cuidándome y dándome todo lo que necesitaba, intentando sacar la más leve sonrisa de mi boca. A principios de agosto nos fuimos de viaje juntas por España. Sólo sabíamos que la primera noche dormiríamos en Soria; a partir de ahí, aventura. Había días que yo estaba muy mal anímicamente, y ella hacía lo que fuera para animarme. Me escuchaba, aunque yo entonces todavía no hablaba demasiado. Compartía su experiencia conmigo, todo lo que había aprendido sobre sí misma y sobre la vida a raíz de su separación. Recuerdo que el primer día, llegando a Soria, me puse a llorar en el coche. Casi cinco horas de camino dan para mucho aburrimiento, y a mí éste me condujo a mirarme los brazos de forma obsesiva hasta deformarlos completamente y verlos ampliados mil veces. Ella me preguntó si quería que volviéramos a casa... estábamos llegando y estaba dispuesta a volver atrás porque me veía mal... mi madre.
Desde que sabe que estoy enferma lo ha intentado todo para verme feliz. Ha cambiado los menús de casa para ajustarse totalmente al menú de mi endocrino, ha diseñado junto con mi hermano carteles de ánimo que ha pegado por toda la casa. Cada día está lleno de sus pequeños detalles. Se queja de que no le pido nada; quizá le gustaría que yo exigiera su ayuda, puede que porque no se da cuenta de que ya me está ayudando.
Un día me dijo que en cierto modo se alegraba de que esto me estuviera pasando ahora y no dentro de diez o veinte años, cuando ya tuviera una familia y unas responsabilidades ineludibles. Y que se alegraba también porque, de no ser por la anorexia, ella y yo no hablaríamos tanto. En ese momento le cayeron unas lágrimas de los ojos. Siempre me anima diciéndome que cuando salga de esto seré muchísimo más feliz, que me conoceré más a mí misma y tendré más recursos para enfrentarme a la vida. Ve mi enfermedad como una oportunidad, al contrario que todo el mundo. Sé que siempre estará conmigo y que puedo contar con ella para lo que sea. Poco a poco he ido abriéndome a mi madre, contándole cosas que pensé que nunca le contaría. Ella sabe más de lo que pasa en mi cabeza que mi psicóloga, y no digamos ya que cualquiera de mis amigas. Sé que muchas veces no entiende ni la mitad de lo que le digo, porque soy consciente de que una persona que no ha pasado por la anorexia no sabe ponerse en el lugar de un enfermo de TCA. Pero ella siempre encuentra las palabras justas para darme un empujoncito y mantenerme en mi lucha. Sabe que no estoy haciendo bien las cosas, que me salto comidas, muchas. Y aun así ella espera pacientemente a que algún día me cambie el chip y vaya saliendo de esto; no me presiona, es la única que intenta caminar a mi ritmo, porque sabe que esto es más que nada un proceso de mi mente, no de mi conducta. La primera vez que estuvieron a punto de ingresarme en el centro de día ella dijo que no porque yo no quería. Confía en mí, mucho más que yo y que nadie. Y a veces esa confianza me asusta un poco, porque no sé si sabré recompensarla.
Ojalá algún día me llegue la oportunidad de devolverle todo lo que ella ahora hace por mí. Tengo la mejor madre del mundo, y he tardado en darme cuenta, pero ahora que lo sé voy a cuidarla como si fuera mi mayor tesoro.
Irlanda
Un día me dijo que en cierto modo se alegraba de que esto me estuviera pasando ahora y no dentro de diez o veinte años, cuando ya tuviera una familia y unas responsabilidades ineludibles. Y que se alegraba también porque, de no ser por la anorexia, ella y yo no hablaríamos tanto. En ese momento le cayeron unas lágrimas de los ojos. Siempre me anima diciéndome que cuando salga de esto seré muchísimo más feliz, que me conoceré más a mí misma y tendré más recursos para enfrentarme a la vida. Ve mi enfermedad como una oportunidad, al contrario que todo el mundo. Sé que siempre estará conmigo y que puedo contar con ella para lo que sea. Poco a poco he ido abriéndome a mi madre, contándole cosas que pensé que nunca le contaría. Ella sabe más de lo que pasa en mi cabeza que mi psicóloga, y no digamos ya que cualquiera de mis amigas. Sé que muchas veces no entiende ni la mitad de lo que le digo, porque soy consciente de que una persona que no ha pasado por la anorexia no sabe ponerse en el lugar de un enfermo de TCA. Pero ella siempre encuentra las palabras justas para darme un empujoncito y mantenerme en mi lucha. Sabe que no estoy haciendo bien las cosas, que me salto comidas, muchas. Y aun así ella espera pacientemente a que algún día me cambie el chip y vaya saliendo de esto; no me presiona, es la única que intenta caminar a mi ritmo, porque sabe que esto es más que nada un proceso de mi mente, no de mi conducta. La primera vez que estuvieron a punto de ingresarme en el centro de día ella dijo que no porque yo no quería. Confía en mí, mucho más que yo y que nadie. Y a veces esa confianza me asusta un poco, porque no sé si sabré recompensarla.
Ojalá algún día me llegue la oportunidad de devolverle todo lo que ella ahora hace por mí. Tengo la mejor madre del mundo, y he tardado en darme cuenta, pero ahora que lo sé voy a cuidarla como si fuera mi mayor tesoro.
Irlanda

1 comentario:
Bueno, yo he seguido la idea de Hatsu y tb utilizo el nombre que uso en el foro.
Simplemente decirte que creo que tienes una madre que vale muchísimo y que por lo que cuentas te quiere por encima de todo.
Con el tiempo, cuando logres recompensarla saliendo de la anorexia (porque seguro lo harás) podrás disfrutar más si cabe de ella.
Ahora tienes que ser muy fuerte y luchar por tu felicidad.
Un besito
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