Lo que más miedo me daba de niña era pensar que mis padres pudieran separarse. Supongo que ese miedo estaba fundamentado, aunque no lo recuerdo bien. Sí sé que a partir de cierto punto empecé a notar como las cosas en mi casa cambiaban. Mi padre no estaba tanto con nosotros; de hecho, había fines de semana que íbamos a pasar a la playa, y él se quedaba en casa, a 150 kilómetros de su mujer y sus hijos. Un año antes de que se separaran los cuatro (mis padres, mi hermano y yo) nos fuimos de viaje a Disneyland París. No me acuerdo por qué, pero el día que fuimos a visitar la ciudad mis padres tuvieron una discusión en medio de una plaza gigante. Mi madre se alejó corriendo, supongo que llorando en silencio. Yo la seguí, pero ella me rechazó. Me quedé cerca de ella hasta que se calmó, y luego las dos nos reunimos con mi padre y con mi hermano. En la cena todos estábamos callados. Yo cogí la mano de mi madre y la puse en el centro de la mesa; a continuación tomé la de mi padre para colocarla sobre la suya, y mi madre la quitó rápidamente. Eso se me ha quedado grabado. La cara de mi madre en ese momento.
Pocos meses antes de que mi padre se fuera de casa mi madre recibió una llamada de mi tía, su cuñada. No sé qué hablaron, sólo sé que mi madre colgó de golpe y se fue a llorar a la cocina, mientras preparaba la cena. Fui a ver qué le pasaba y me abrazó mientras lloraba. Nunca la había visto llorar. Mi hermano, cuatro años menor que yo, entró en la cocina y nos vio abrazadas, mi madre llorando. Él también la abrazó, supongo que asustado. A los pocos minutos mi madre dijo: "bueno, ya está bien, que el papá va a llegar ya y como nos vea así..." Intentó que sonara suave, incluso alegre. Pero sonó tan triste como ella estaba, y como lo estuvo los dos años siguientes.
Al final, claro, mi padre se fue de casa. Un viernes por la tarde volví del colegio con la intención de merendar rápido para salir con mis amigas. Mi padre estaba en el comedor doblando sábanas, y al verme tan acelerada hacia la cocina me dijo que después de merendar fuera a hablar con él de "una cosa". Cuando acudí mi madre también estaba. Lo recuerdo todo perfectamente. Mi padre se sentó en la mesita que teníamos (tenemos) enfrente del sofá, donde me senté yo. Mi madre se sentó a su lado, pero hacia él, no hacia mí.
-Sabes que últimamente estoy diferente, no estoy tanto con vosotros. Necesito un tiempo, espacio...
-¿Te vas a ir? - yo ya lo sabía. Supongo que, aunque no quería aceptarlo, sabía que tarde o temprano tenía que llegar. Los niños saben esas cosas; yo tenía diez años y lo sabía. Habitualmente se subestima la inteligencia y la perspicacia de los niños.
Sí, iba a irse. Yo no lloré. No me quejé. Había quedado con mis amigas y me fui con ellas. No estaba triste. Había tenido tiempo para prepararme ante la noticia. A mis amigas se lo conté como algo normal. Nos fuimos al parque, jugamos, comimos pipas. Volví a casa y la noche siguiente mi padre se fue de casa. Yo estaba en mi habitación, sentada frente al escritorio. No sé qué hacía. Mi padre entró y me dijo que se iba. Yo ni siquiera me giré, sólo le di un beso y le dije adiós. No sabía que se iría esa misma noche, nadie me había avisado. Y no lloré. Ni entonces ni más tarde; mientras mi madre estaba deprimida, mi hermano se despertaba llorando por las noches y se quejaba: "yo quiero que vuelva el papá". Desde el primer momento yo, con diez años, cargué con la responsabilidad gigantesca de mantener el equilibrio en mi casa. Quería que nadie notara que mi padre ya no estaba, quería que mi madre y mi hermano estuvieran contentos. Un día mi madre me preguntó qué me parecía que mi padre se hubiera ido a vivir solo, y yo contesté: "me parece bien, si él así es feliz". O sea, me parece bien si él es feliz sin mí, sin su hija. ¿Era eso lo que mi cerebro estaba captando?
Yo siempre había sido la niña de mi papá. Sé que era, y quizá sigo siendo (aunque me lo demuestre a su manera), su favorita. No digo que a mi hermano le quiera menos, sino que a mí me quiere de manera especial, preferente. Cuando vivía en casa era su consentida, y cuando se fue lo fui todavía más. Ante los consentimientos de mi padre, su concesión a mis caprichos, sus mimos (todo eso dado porque no sabía expresar su cariño de otra manera, y porque se sentía culpable de haberse ido), comencé a ver a mi madre como la mala, la que no me dejaba hacer todo lo que quería, la que sólo quería fastidiarme. Yo deseaba ir con mi padre, ansiaba que llegaran los fines de semana que tenía que ir a su casa. Le contaba todo lo que me pasaba, lo que me molestaba, me quejaba de mi madre ante él y eso me hacía crear una especie de complicidad con mi padre. Él no me contestaba, no daba pie a la comunicación entre él y yo. Callaba y escuchaba, pero entonces para mí eso era suficiente. Él era mi padre, la pobre víctima que por alguna razón desconocida se había "tenido que ir" de casa y que se estaba perdiendo el ver crecer a sus hijos.
Ahora veo lo equivocada que estaba. Ahora veo que mi madre siempre fue la que intentó protegernos, la que quería lo mejor para nosotros, la que miraba más por sus hijos que por nadie. Lo pasó muy mal: ella estaba enamorada de mi padre, y le tocó aguantar todo su sufrimiento para sacarnos adelante. Aun así yo notaba que estaba mal y me tomé la responsabilidad de mantener la normalidad en mi casa. Lo normal en un niño de diez años que ha "perdido" en cierto modo a su padre sería quejarse, llorar, echarlo de menos en voz alta. Yo en ningún momento lo hice, y sé que eso me pasó factura. No exterioricé mi dolor, y además pensé durante años que mi padre era la gran víctima de la historia, y me convertí a mí, a mi hermano y a mi madre en sus verdugos.
Y no. A los tres o cuatro años de que mi padre se fuera comencé a preguntarme la razón por la que nos había dejado. Inconscientemente indagaba en las causas, y obtenía pistas y sospechas que me asustaban. A los quince años estaba casi segura de la razón por la que mi padre se había ido de casa, pero me daba miedo aceptarlo, confirmarlo. Por eso no le pregunté ni a él ni a mi madre. Pero el saber que algo fuerte había pasado y que mi padre no me había creído merecedora de saberlo, ni tampoco inteligente como para sospecharlo, fue haciendo que poco a poco yo fuera alejándome de él. Llegué a acumular muchísima frustración hacia él. ¿Me tomaba por tonta, tanto como para no darme cuenta? ¿Me presentaba los indicios en mis narices y más tarde pretendía borrarlos? También fui dándome cuenta de que todo lo que hacía por mi hermano y por mí lo hacía para saldar la deuda que tenía con nosotros por haberse ido de casa. Al fin y al cabo lo único que estaba haciendo era consentirnos todo lo que queríamos para no tener que escuchar nuestras quejas, quejas que por otro lado nunca habían existido pues él se había encargado bien de que fuera así. Fui consciente de que en la comunicación entre él y yo sólo yo tomaba partido. Yo hablaba y hablaba, buscaba que él me escuchase, que aprobara lo que yo hacía o decía, que me diera consejos, que, en definitiva, fuera MI AMIGO. Y él prefería el silencio.
A mis casi dieciocho años, cuando ya había caído en la enfermedad y ya había aceptado (pero no confirmado) de sobra las causas por las que mi padre se fue, se me ocurrió preguntarle a mi madre si mis sospechas eran ciertas. Ella me las confirmó. A partir de ahí todo se aceleró. Mi padre no me lo contaba, pero era tan evidente que me parecía absurdo que siguiera intentando esconderlo. Realmente he sentido mi inteligencia infravalorada por él al no contarme algo así. Cuando lo hizo -y lo hizo después de una discusión muy fuerte entre él y yo, tras la cual le puse en bandeja contármelo y prácticamente se lo dije yo a él más que él a mí- admitió que quizá sí me había tomado por tonta. Eso fue hace un mes, si llega. Cuando yo ya tenía desde hacía meses anorexia nerviosa diagnosticada por médicos y psiquiatras. Cuando ya llevaba al menos cinco años sospechando lo que pasaba. Después de tanto tiempo me lo contó y lo hizo porque se vio entre la espalda y la pared.
Mi relación con mi padre ha sido determinante en mi enfermedad, y lo sigue siendo. Mi padre tiene una forma muy particular de demostrarme que me quiere. Yo le hablo y él me escucha, pero de él nunca saldrá preguntarme cómo me siento, o qué necesito. Y con el tiempo me he cansado de llevar la responsabilidad de nuestra relación a cuestas y he dejado de contarle cosas. Cuando le busco siente que me aprovecho de él, y me lo dice. Ha llegado a decirme que soy mala, que no debería aprovecharme de la gente. Para mi padre, aprovecharse de él es pedirle que me lleve un día a casa aunque pueda coger el tren. Para mí eso es querer pasar un rato con él, ya que lo veo apenas un día por semana. Prefiere pasar una tarde con su pareja paseando por la ciudad antes que llevar a su hija a casa en un trayecto de no llega a veinte minutos.
Creo que durante años he acumulado mucho rencor hacia mi padre. Rencor por no sentirme querida por él, empezando por el momento en que se fue de casa. Se fue, y yo interioricé que se iba porque así sería más feliz, sería más feliz sin mí. Y luego seguí sin sentirme apreciada por él cuando no me contestaba a lo que le contaba, cuando en vez de pasar una tarde conmigo en el cine me compraba un ordenador para mantenerme callada y feliz a corto plazo, cuando me escondía cosas evidentes, cuando me llamaba aprovechada por querer pasar veinte minutos con él. A veces pienso que caí enferma para castigar a mi padre. Desde que estoy peor físicamente incluso me sorprendo pensando que me gustaría que me ingresaran en el hospital para asustarle; me gustaría estar al borde del precipicio para que tuviera miedo y me demostrara su afecto. Sé que no merece que yo muera por él. Pero a veces me parece una gran idea.
Irlanda
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2 comentarios:
Lo primero de todo, voy a agregar tu diario virtual a favoritos. Me apetece mucho leerte y poder escribirte mis opiones o algún amago de consejo patoso.
Es espeluznante el parecido entre tu entrada a la enfermedad y la mía.. El empezar una semidieta pero a los días olvidarte, haber tenido una temporada que parecía que la cosa iba en serio pero luego dejarlo.. Y a los años que salga todo de golpe del rincón donde se quedó.
Eso de hacer trampas en la dieta quitando al principio un poco de cantidad, que se transformó en bastante.. Pelar la fruta dejando la mitad en la piel.. Igual, igual.
Y yo con mi padre también tengo una relación extraña. Él no tiene nada de instinto paternal, y se lo pasa mejor con el coche y sus amigotes que con su hija. Pero yo no sé qué hacer. Necesito amor paterno, sus abrazos, hablar con él.. Y no lo tengo. Hay temporadas que he intentado hacer más cercana la relación pero no he podido, es difícil.
Eso sí, no hace falta que mueras por él, no se lo merece.. Tienes que superarlo y vivir.
Respecto al tratamiento.. Como en julio fuiste una vez o así y luego lo cerraron, pongamos que realmente empezaste en septiembre. Yo empecé en agosto del 2007, y hasta enero de 2008 no pude cambiar un poco el chip. Seis meses me costó empezar a aceptarme un poquito, comer sin trampas (pero vamos, la dieta me la repampimfla, y como lo que me da la gana)etc El junio pasado mi chip dió otro giro, y ahora está en medio de otro cambio. Así que, yo veo normal que de momento sigas en tus trece, me parece que es cuestión de autoconvencerse y levantarte un día con la bombillita encendida.
Y para que ocurriera eso, para serte sincera, lo que me han dicho los médicos y sus dietas no ha tenido nada que ver. Es más, puedo asegurar que si hubiera seguido la dieta de 2500 calorías ni estaría la mitad de sana mentalmente, ni físicamente (porque me habría matado a ejercicio para no engordar y ya de pasa habría empezado a vomitar, sonará bestia pero lo veo muy claro.. No habría podido soportar eso). Me informé sobre como alimentarse bien y todo el rollo, y me hice un planing que he ido variando según he visto conveniente.. Ahora soy casi capaz de controlar si engordo, adelgazo o me mantengo. No sé, tal vez esto que te cuento pueda ayudarte.. O no, cada persona es un mundo. Pero veo que nos parecemos bastante y lo mismo sí.
Otra cosa importante es ese minimundo que hemos creado, perfectamente cuadriculado y ordenado, todo en sus límites. Y si un día algo falla nos echamos por tierra y nos da el bajón.. Eso me está costando muchísimo superarlo. Y jode porque impide que hagamos una vida normal.. Pero en mi cabeza siempre está esa voz que dice "levantate a tal hora, come a esta otra hora y de estas determinadas cosas, de lo otro no.." Pero vaya, un día es un día, y si toca levantarse más tarde y comer en un restaurante de comida rápida que se le va a hacer.. La gente normal hace eso y no les pasa nada. Si pudiéramos romper esa pedazo de barrera sería la hostia. Pero con tiempo.
Ala, y yo ya he perdido la cuenta de las sandeces que te he escrito.. Tal vez no me haya explicado bien, pero algo he intentado :$
Seguiré leyéndote. Y no olvides que fuer a hay un mundo esperando, lleno de cosas de las que podemos disfrutar.
Mil besos.
PD: Te firmo con el nombre del foro, para que no te pierdas.
Por cierto, ¿te tengo agregada al msn?
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